en mi feliz pequeñez después del llanto por no calzarme el mandilete amariconado e ir al jardín de Infantes N° 47 de Chiquian, recuerdo nítidamente este drama junto a la feliz visión de verme sentado en medio del habar que florecía en las faldas de éste cerro tutelar y saciarme de la tierna leguminosa hasta que mi panza se convertía en un retumbe de tambores, bombos, trompetas, cornos y tarolas. Nuestra inocente acción, la igualo con la bulliciosa faena de centenares de loros venidos desde Llaclla a “hacer daño” los maizales a pesar de los fantoches de sombreros raídos llenos de paja seca que solo asustaban a nuestros propios temores mas no a las verdes aves de pico corvo.
El penoso trajín de llegar hasta esta veta de inimaginables recuerdos y sonrisas era también muy duro, pero nuestra intacta agilidad de mozalbetes dispuestos a saciar las papilas gustatorias de nuestra exigente lengua, podía más, nunca supimos quien era el dueño ni nos importó la merma que provocábamos en su cosecha, ¡pero qué rico era! (ahora que lo pienso bien, también vedada mente teníamos tal vez el maligno placer de joder) mi abuelo tenia chacras más grandes y llenas de habas en sus linderos, pero nunca nos provocaba comer esas, o tal vez de tanto cuidarlas se pasaban de tiempo y maduraban rápido hasta hacerse duras y sin sabor. ¡No se! Pero que delicia eran esas habas de aquel pequeño terreno en medio de una floresta verde e inmaculadamente fresca como el escondite perfecto para las perdices que a la garúa de media tarde piaban con ese canto de media jerga que solo conocíamos los cazadores. Nuestros enemigos de perjuicio eran unos ruiseñores cuyo plumaje oro y negro era tan llamativo como su afinado canto. ¿Se imaginan competir con esta exquisita ave en comer esta delicia llamada llullu haba? en el instinto animal de supervivencia no había ni punto de comparación, pero ahí estábamos, peleando haba a haba… y no solo era eso.
Ya no entraba ni una sola haba más por nuestra engolosinada tráquea y el gandido que todos llevamos dentro en nuestra chiquititud, nos hacia amarrar con la hondilla las mangas de nuestras chompas a nivel de muñecas y con los pasadores asir las medias después de hacerlas morder por fuera con el pantalón; ésta acción nos hacía almacenar ingentes cantidades que para nuestra envergadura, seguro no pasaba del kilo y medio, pero ciertamente el regreso saltando pircas y cercos espinosos era todo un espectáculo, de hecho que siempre se caía una que otra vaina completa y el afán para recogerla era simplemente titánica y sin duda hilarante; no podíamos doblar ni codos ni rodillas, con estas limitaciones nuestro margen de movimiento era de 3 en una escala de 1 al 20, pero en fin, con el sufrimiento reflejado en nuestras pupilas por el esfuerzo, y no desgastar tanto el culo de tanto pedo, al fin llegábamos al barrio de Parientana mas holgados y era allí donde finiquitábamos la faena degustando las últimas habichuelas.
Éste manjar vegetal tan natural y nutritivo, ha cimentado mi madurez y apuntalado el paso lento de los años camino al geriátrico, he olvidado muchas cosas de mi niñez, infancia, juventud y adolescencia, pero éstas escenas aún con el dulce sabor del haba tierna no se borra de mi memoria, es una cicatriz de mieles impregnada de destellos de vida renovada, presente y actual en algún escondido recoveco de mi cerebro, es el axioma que rotula mi más exquisito recuerdo de infante, junto al sabor agridulce de un moco verde; son dos sabores imborrables en el verde prado de mi pupila, en la parda picardía de un verso jacarandoso que aviva una serenata antes del bacinazo infame de caliente orina de cualquier suegra malhumorada y celosa, hay tanto por decir…
Chiquián querido, Chiquián de mis amores, cuantas veces me he ido y cuantas he regresado, cuantas noches mi montaraz alma te ha reclamado en medio de un vaso de ron y cigarros, he llorado < lo confieso> como llora tu azul cielo de la nada en una tarde de toros en agosto, añorando la gota helada de un aguacero mi sentido olfatorio se ha frustrado porque no siento tu olor, tu barro me extraña y las hojuelas de cortezas secas se van cayendo una a una, he sido tan feliz en tu seno que mi sueño eterno lo lograré contigo, no concibo recogerme para unirme a tu suelo sin mi canga de madera, sin mi desculado trompo, sin mi aro, sin mi llullu haba… te extraño tanto que guardo solo un postrero adiós en mi garganta, que tiene sabor a leche, a Dolorita y a cancha, Chiquián de parcelas de amor que matizan del esmeralda al oro viejo, en tus plantas se renuevan mis visiones y me veo corriendo por el empedrado de tus calles primitivas, salto el charco de agocalle cuidando las latas de mis zancos, estoy escondido tras el poste de eucalipto contando las “dominadas” del virtuoso malabarista y para serte sincero también he escondido mi cuaderno para que no me revise la tarea mi profesor Rubén. Mira a que he llegado, solo por recordar un haba verde.
la pluma del cernicalo